Un finde oxidado
Un fin de semana… Que casi hubiese sido mejor hibernar. Para empezar, el viernes fuimos a la bolera Charlie, Gonzalo, Javi, Criss, Irene, Ugía, Carmen, Luis y yo. Yo no me explico cómo puedo jugar tan mal, ¡hasta el Ugía me ganó! Claro que la culpa es en parte de las bolas, que yo cogía las que menos pesaban y me costaba trabajo no irme detrás al tirarla (de hecho, me caí una vez de culo, no tiene ninguna gracia). Y eso sin ener en cuenta que por la mañana me despedí de la revista del tuto a lo Beigbeder (¿me cambiáis sin parar el artículo? Toma frase ofensiva), aunque eso fue una delicia.
Después llego a Resolana (esa lejana tierra donde habitan mi padre, Lola y Zaida) y resulta que mi padre tiene tres congresos que preparar y que le va a dar el caos de trabajo (excusa que aprovecha para explotarme una hora como mecanógrafa, gratis y todo, ¡qué cara!). El caso, que le dije que si íbamos con las bicis al río y le llevó media hora cerrar la boca del asombro (siempre que me lo propone, tengo que “estudiar”, pero es que el cardiólogo me ha dicho que haga deporte…) para despu´ñes darse de chocazos porque no podía salir del despacho. Ni siquiera fuimos al cine; lo más lejos que llegamos fue a la Alameda, donde le saqué, como buena hija que soy, un pastel y tiré para el centro mientras él volvía al duro deber del erudito (por cierto que en el centro me compré unos zapatos…).
Total, que mis úncias esperanzas se encontraban en la salida del sábado por la noche con Kathi (María de canguro, qué puntería), hasta que tras cenar empecé a notar un dolor agudo por mi vía auditiva. ¿Por qué yo, oh cruel destino, y por qué en sábado? ¡Cuán des`piadados son los dioses con mi ser! ¿Habré acaso sobrepasado los límites de la cordura mortal y cometido hybris? Resumiendo, que no salí por el dolor, que, of course, my friends, había desaparecido misteriosamente a la mañana siguiente.
Y todo esto sin apenas Internet por lo de mi padre, que encima me pedía que le corrigiese la grámatica inglesa, le señalé un fallo y estuvo declamando treinta años… Así no hay quien lea, amigos. Y, hablando de leer, terminé (ya iba siendo hora) Tierras de cristal, de Baricco y me encuentro en los inicios del reciente Premio Planeta Pombo, La fortuna de Matilda Turpin.
Espero que os haya ido mejor que a mí.