Guardianes de libros
La biblioteca municipal de Tomares es un lugar peculiar. Cuando era pequeñita e inocente mi padre me llevaba, me enseñó a sacar libros, y de hecho la foto de mi carné es del Pleistoceno, salgo con un cutis maravilloso (aunque un peinado algo retro, eso sí).
Eb la biblioteca se dan cita todo tipo de personajes. Sobre todo, claro está, estresados estudiantes. Los estudiantes se concentran en las salas de estudio, como es lógico, pero también en grandes cantidades en el patio. De hecho, me he topado mchas veces con mi primo Alberto en la biblioteca. Siempre estaba en el patio. Claro, claro, acompañando al colega a que se echase un cigarrito y cosas así. Cuánta solidaridad.
Pero lo mejor de la biblioteca (en realidad, de momento no he mencionado nada especialmente apasionante) son los bbliotecarios. El mejor, por supuesto, el calvo del bigote. Pero vamos, que el otro y la otra (siempre van juntos, yo los llamo así, sé que soy poco original, pero qué queréis, hace calor, y nadie me lee) no se quedan atrás. Se esfuerzan todo lo que puede, los pobrecinos.
A continuación os cuento un par de anécdotas en relación a libros y la apabullante cultura de que hacen gala estos individuos que son sus fidelísimos guardianes:
Mi hermana: Hola, busco Xxxx (no recuerdo el título, qué pasa) de Caballero Bonald. El del bigote: ¿Autor? Ella (con lentitud): Caballero Bonald. Él: Ah. Cabllero ¿qué? Silencio espeso.
Yo: Hola, busco el Lazarillo de Tormes. El del bigote: ¿Autor? (En realidad es como un autómata, no puede evitarlo). Pensé en contestar que había hipótesis planteadas al respecto pero no había nada claro, pero si le preocupaba realente el asunto podría pedirle a mi profesora de iteratura Medieval que me recomendase algunos artículos para que él los leyese. Sospeché que su interés era menos sapiencial de lo que a mí me hubiese gustado. Yo: Anónimo. Él: Bueno, busca por teatro. Agaché la cabeza, me perdí por las estanterías y me lo busqué yo misma.
A mí no se me desanima fácilmente. En otra ocasión: Yo: Hola, busco las Metamorfosis de Ovidio. El otro: Bueno, te lo voy a buscar en el registro, pero no sé yo… La otra: Voy para adentro a ver si está entre tanto. Bien, ya tenía yo a todo el equipo desplagando sus profundos conocimientos de archivísitca para mí. El otro: No está, eh. Yo (intentando estirar el cuello para ver cómo había escrito Ovidio en la pantalla, no lo logré): Bueno, iré adentro a ver si… Una vez dentro. La otra: ¿Es teatro? ¡Y dale con el teatro! Yo: No, es poesía clásica. (Pausa). Es decir, de los antiguos romanos (vocalizando bien). Veo el libro, que, desde los estantes de los tesxtos dramáticos (misterios sin sentido) me está lanzando bengalas luminosas para que lo rescate. Lo pesco ágil y salgo para que el otro me haga la ficha. Él (observando el libro): ¡Ahh! Ovidio… Suspiro.
a última vez pasé del otro y la otra y fui directamente a por una selección de cuentos de Horaciuo Quiroga. Mientras me hace la ficha me dice: Con este no te retrases, que lo están pidiendo mucho. Me pica la curiosidad (¿lo habrán puesto de lectura obligatoria en el tuto?). En la calle, abro el libro y observo la ficha. Antes de esta vez hay sólo dos anotaciones, ambas de hace más de un año…
Como veis, tampoco eran anécdotas especialmente jocosas. Pero, lo dicho, hace muucho calor.
Eb la biblioteca se dan cita todo tipo de personajes. Sobre todo, claro está, estresados estudiantes. Los estudiantes se concentran en las salas de estudio, como es lógico, pero también en grandes cantidades en el patio. De hecho, me he topado mchas veces con mi primo Alberto en la biblioteca. Siempre estaba en el patio. Claro, claro, acompañando al colega a que se echase un cigarrito y cosas así. Cuánta solidaridad.
Pero lo mejor de la biblioteca (en realidad, de momento no he mencionado nada especialmente apasionante) son los bbliotecarios. El mejor, por supuesto, el calvo del bigote. Pero vamos, que el otro y la otra (siempre van juntos, yo los llamo así, sé que soy poco original, pero qué queréis, hace calor, y nadie me lee) no se quedan atrás. Se esfuerzan todo lo que puede, los pobrecinos.
A continuación os cuento un par de anécdotas en relación a libros y la apabullante cultura de que hacen gala estos individuos que son sus fidelísimos guardianes:
Mi hermana: Hola, busco Xxxx (no recuerdo el título, qué pasa) de Caballero Bonald. El del bigote: ¿Autor? Ella (con lentitud): Caballero Bonald. Él: Ah. Cabllero ¿qué? Silencio espeso.
Yo: Hola, busco el Lazarillo de Tormes. El del bigote: ¿Autor? (En realidad es como un autómata, no puede evitarlo). Pensé en contestar que había hipótesis planteadas al respecto pero no había nada claro, pero si le preocupaba realente el asunto podría pedirle a mi profesora de iteratura Medieval que me recomendase algunos artículos para que él los leyese. Sospeché que su interés era menos sapiencial de lo que a mí me hubiese gustado. Yo: Anónimo. Él: Bueno, busca por teatro. Agaché la cabeza, me perdí por las estanterías y me lo busqué yo misma.
A mí no se me desanima fácilmente. En otra ocasión: Yo: Hola, busco las Metamorfosis de Ovidio. El otro: Bueno, te lo voy a buscar en el registro, pero no sé yo… La otra: Voy para adentro a ver si está entre tanto. Bien, ya tenía yo a todo el equipo desplagando sus profundos conocimientos de archivísitca para mí. El otro: No está, eh. Yo (intentando estirar el cuello para ver cómo había escrito Ovidio en la pantalla, no lo logré): Bueno, iré adentro a ver si… Una vez dentro. La otra: ¿Es teatro? ¡Y dale con el teatro! Yo: No, es poesía clásica. (Pausa). Es decir, de los antiguos romanos (vocalizando bien). Veo el libro, que, desde los estantes de los tesxtos dramáticos (misterios sin sentido) me está lanzando bengalas luminosas para que lo rescate. Lo pesco ágil y salgo para que el otro me haga la ficha. Él (observando el libro): ¡Ahh! Ovidio… Suspiro.
a última vez pasé del otro y la otra y fui directamente a por una selección de cuentos de Horaciuo Quiroga. Mientras me hace la ficha me dice: Con este no te retrases, que lo están pidiendo mucho. Me pica la curiosidad (¿lo habrán puesto de lectura obligatoria en el tuto?). En la calle, abro el libro y observo la ficha. Antes de esta vez hay sólo dos anotaciones, ambas de hace más de un año…
Como veis, tampoco eran anécdotas especialmente jocosas. Pero, lo dicho, hace muucho calor.