Sacrificios por amor
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Esa soy yo. Una amante de la palabra. Escrita, hablada, susurrada, garrapateada, cantada, tatuada, gemida, callada… Así pues hice frente con bravura a las contrariedades que el destino nos prepara a nosotros, aquellos que tras dos años siendo el grupo marginado de algún instituto (más aún los que son capaces de expresarse en griego, esa lengua que es la madre de nuestras ideas) acabamos allí donde acaban todos los humanistas. La antigua Fábrica de Tabaco de Sevilla. Tan hermosa, tan grande, tan barroca y tan laberíntica. Sí, ya soy oficialmente estudiante de primero de Filología Hispánica. Y espero serlo durante sólo cinco años más.
Laberíntica. Esa es mi facultad. Tras desechar las ideas de ir dejando miguitas de pan a mi paso (no aprendes del cuento, me dijo alguien, debes dejar piedrecitas) fui conociendo los pasillos más interesantes, que acaban todos convergiendo en el patio de la fuente. A un lado la cafetería y la copistería. A otro mi salida para el bus. A otro los baños (no me pregunten cómo, pero el otro día acabé meando en el toilet para caballeros, al salir me lavaba las manos, entra un señor muy dispuesto y cuando veo que trajina con su bragueta salgo pitando y con las anos empapadas), al otro mi facultad. Ya nos explicó el profesor de Teoría de la Literatura que para llegar a su despacho se pasaba junto a una puertecilla… Y no, no sabía a dónde conducía. Es un edificio antiguo y como tal debe mantener algún que otro misterio.
Además de misterios, la falta de lógica puede resultar apabullante. Me dicen que recoja varias fichas para entregar a profesores con mis datos. Las encontraré en la Delegación de Alumnos. Bien, cuando uno encuentra en un pasillo una escalera estrecha y retorcida con un cartel anunciando tal Delegación no se espera que al final de la escalera no haya simplemente nada. Una mesa con una caja. Y en la caja las fichas. Astucia arquitectónica. Sin duda.
Y yo me sentía sola en la facultad… Lejos de mis paisanos, ya que soy la única tomareña que ha entrado en Filología (aunque me sé de algunos en Historia y Derecho). Pues no, porque uno nunca sabe cuando va a estar esperando tranquilamente al profesor de Alemán (con tanto viaje… Tendré que aprender algo. De momento sé conjugar el verbo llamarse o significar y otro que es venir o correrse; como sé ve, voy aprendiendo poco vocabulario, pero el justo y necesario) cuando aparece el padre de tu amigo dispuesto a licenciarse en Filología Inglesa y diciendo a los demás que, que él no es el profesor. El mundo, queda más que demostrado, es un pañuelo muy pequeño.
Y así van pasando los primeros días. Con una bibliografía propuesta para la que necesitaría mucha suerte con la lotería y una amplia biblioteca (amueblada por Ikea, of course) en la que cupiese, tomando ya nota de las palabras de esos seres lejanos que hablan sobre su estrado sobre las maravillas de la lengua y literaturas hispánicas, con el peso en mi conciencia de las lecturas obligatorias de Literatura (Cantar del mío Cid, Romancero, Poesía cancioneril, La Celestina, El lazarillo de Tormes, El conde Lucanor, El libro de buen amor, Los milagros de Nuestra Señora y para qué seguir).
Pero a Dios pongo por testigo que encontraré los despachos de los profesores cuando necesite una tutoría, que no me amedrenta ese maduro conocido con el que comparto la enseñanza en una lengua que después de todo no es tan ajena, que no me daré por vencida aunque me sienta incapaz de traducir a Tito Livio, añorando De Bellum Gallico, tan correctas y sencillas (hermosas en su sencillez tal vez, después de todo lo que clamé contra César y su afán imperialista a lo George W. Bush), que con calor, ventisca o lluvia me desplazaré hasta el Instituto de Idiomas en la lejana Reina Mercedes a cumplir con mis créditos de libre configuración.
Que no temo a la palabra. ¿Lo olvidabais?
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