En territorio comanche
Los hados, que no siempre tienen a bien gratificarnos con buenos favores (y a mí menos que a nadie), se muestran especialmente juguetones cuando uno se haya en esa vulnerable situación que es la del viajero, perdido en un mundo que a veces tiene soporte en otro alfabeto, en el que en lugar de dos besos te dan la mano como el médico, en el que la gente no ata las bicis porque nadie tiene esa mala costumbre de hacerlas desaparecer. Sí, la ey de Murphy se hace especialmente grave en el extranjero, cuando nos sentimos en entorno ajeno, sin confianza para desenvolvernos ni pedir ayuda. He aquí tres memorables ejemplos de ello:
La primera noche en casa de Kathi me acosté confortablemente en un colchón a los pies de la cama de mi amiga. El colchón estaba cubierto por un edredón doblado en forma de cuadrado, de modo que no podía taparme entera 8extraña costumbre alemana, pensé). Todo ello, unido al factor decisivo de que no uso almohada y sitúo mi cabeza por debajo de esta al dormir vino a dar que mis desnudas piernas se salían de los dominios del edredón con el consiguiente resultado efecto glaciar en mis pequeños pies. Como la fortuna nunca se ríe bastante de uno, había que añadirle a la situación un ventanal abierto a mis pies por el que entraba un frío más propio del Polo Norte que de Baviera. ¿La razón? La cama de Kathi, como todas las que son de agua, tiene calefacción, y la chiquilla se olvidó de mí, que dormía en el suelo helada cpomo inocente perrillo faldero. Mientras transcurrían las horas y los músculos de mis piernas me despertaban doloridos por tenerlas recogidas bajo el edredón, planeé cuidadosamente la próxima noche: En primer lugar, pensé, me pondría calcetines. Sin duda. Tampoco estaría de más desdoblar la mierda esta de edredón y ponerlo como Dios manda o como se pone en España, que es tapándote entero. Y ya de paso, un par de mantitas me harían un buen favor. Esos fueron mis pensamientos en la primera noche que pasé en Alemania, cuando no dormitaba y soñaba que comentaba con Janto el frío que hacía.
Sábado. Pleno enero. Amsterdam. Leistenplein (zona de marcha). Kathi, María, Benne, Criss, Irene, María Luisa, Victoria… El mismo bar de la noche anterior. El mismo bar del que horas antes habíamos salido huyendo a toda pastilla tras atragantarnos con tres cuartos de nuestros cubatas por seis pavos y un dedo de ron porque Benne (aunque en otro bar había visto las bolas del techo venírsele encima, no importa, uno nunca debe dudar de la fidelidad de las afirmaciones de un buen amigo, por muy morado que esté) había asegurado que uno de los hombres de la barra llevaba una pipa encima. Pero acabamos volviendo. Y es que había buen ambiente en el bareto. Buen ambiente y un amsterdanés rubio que no paraba de echarnos el ojo. El caso, salimos a la hora precisa para regresar al hotel y hacer acto de presencia ante Juan Diego, Isabel Torres y Rosa Sogorb (tras el que volveríamos a salir para tropezarnos con ese ser cuasi mitológico noruego llamado Thor, pero esa es otra historia). El rubio sale y nos habla a la salida. Concretamente, se dirige a mí. You dance very sexy, me dice el nota. Cualquiera que me diga eso es que lleva algo más que alcohol en la sangre. La conversación no avanzó mucho, charlamos en inglés. Me dijo su nombre, que en el momento me pareció tan ridículo que no pude evitar reírme. I know what you´re looking for, and you will not get it from any of us. Que se entere. Why? tiene el valor de preguntarme. Y claro, quien me busca un sábado de madrugada… Siempre me encuentra: Cause you´re not good enough for any of us. So, bye bye. Nos vamos. Las chicas comentan la jugada. Algunas de ellas se retrasan. Un rato después para nuestra sorpresa vemos que nos sigue el rubio e cuestión con un amigo que apenas si se tiene en la bici del ciego. Nos paramos. Presiento que va a ser divertido. Se nos acerca, dejando algo apartado a su amigo, medio tumbado en una bici (parece difícil, pero se las apañó bastante bien). La bici me da una ideaza del momento. Un buen paseíto me vendrá bien. No dudo en pedirle la bici, toda amabilidad y sonrisas. Él mira interrogante a su colega, que se limita a contestar con un corte de manga desganado. Se encoge de hombros. Oh, come on, come on, please, please, I want to ride your bike, come on, please, oh! Digo insistente y pesada mientras le tiro de la manga, creando el justo contacto para decidir al chaval a tener una entrevista urgente con su compi. Conversan con las cabezas juntas y vuelve y me dice: Ok, but first you have to kiss my friend and me. WHAT??? Ey, do you think I am a bitch, do you think I am your mother, cause you´re very wrong, stupid guy. Resumiendo: Diversos insultos in English, hasta que él pronuncia las probablemente únicas palabras que conoce en mi lengua: Vete a la mierda. Ha despertado a a bestia. Yo cambio al español, donde me jmuevo con soltura, gritando en mitad de la noche que no va a venir él a insultarme en una lengua de la que no tiene ni puta idea, que es gilipollas y feo y que se vaya a chuparla. En vista del giro que ha tomado el asunto, él hace lo propio: Insultarme en holandés. Cada vez que yo, cansada de la discusi´´on incomprensible para ambos tomaba retirada él volvía a gritar algo acertadamente en inglés o español, a lo que yo reaccionaba corriendo hacia él y ya en plena locura, golpearle el brazo. El chaval, que después de todo no era tan tonto como parecía, aprovechaba para sujetarme e intentar besarme. El caso, se quedó con las ganas, of course, y nosotras apenas llegamos tarde a la quedad en recepción.
Este es el último ejemplo de todos, y tal vez el más duro, pues tiene lugar en un medio que añadido a la condición de extranjería vuelve a la anécdota realmente aterradora (o no). Todo sucedió en el ferry entre Santorino y Mykonos, hermosas islas del mar Egeo. Sentóme junto a un ser un tanto andrógino y asiático. Creo que ese fue el inicio de todo. Tal vez si yo no me hubiese rallado echándole discretas miradas en busca de un signo que clarificase definitvamente su sexo, no hubiese acabado todo tan asquerosamente. El caso, entre mi investigación y el bamboleo del barquito, me fue entrando un mareo poco normal. Hasta llegar al punto en que pensé que un paseo al baño tal vez no estuviera del todo fuera de lugar. Bamboleándome al ritmo de las olas y escuchando de fondo las risas de mi también mareada hermana alcancé precariamente el baño. Sujetándome a toda cosa firme para no derrumbarme, esperé con fuerzas a la purta de un retrete, que al abrirse dio paso a una asiática (de claro sexo femenino; y por si aú había dudas, usaba el baño de señoras). Entré y a la vista de lo que mi predecesora había dejado en el váter, la naturaleza no tuvo impedimentos en seguir su curso natural, y parte de mi interior acabó volcado dolorosamente en el lecho acuático y sucio del retrete. A todo esto, que estoy yo a lo mío cuando un fuerte golpe intenta abrir la puerta, sin pestillo. Yo, acuciada por mis necesidades fisiológicas del momento y a la vez por el deseo de intimidad en tan delicado percance, vomitaba y empujaba con fuerza la puerta, que al final cedió al invasor, que no resultó ser, como yo suponía, otra china potona, sino un encargado de la compañía, que me r´ñó por ir a potar al váter y sacudió ante mis narices una bolsa de papel (un poco tarde, pero bueno). El hombre, un poco histérico, la verdad (claro, estaría estresado riñendo a tanto potón), hasta quería impedir que me enjuagase la boca en el lavabo, pensando que ya volvía a las andadas. El caso, en los ferrys griegos hay que convertir el potar en humillación pública, aciéndolo en tu asiento, aguantando las miradas asqueadas en derredor y vertiendo tu estómago en una bolsa de papel con el logotipo de la compañía… Y así actué yo un par de veces, ya en otro asiento, hasta quedar dormida junto a una pareja gay de San Francisco con la que conversaría al despertar. Pero no sufráis por mí, el mareó se me pasó, y todo mereció la pena, pues Mykonos es una isla bellísima.
No hay nada que hacer con estas cosas. Hacer frente al destino con valentía según vayan saliendo las situaciones difíciles, es lo que hago yo. Que tengan un buen día.
Son tres grandes historias reales muy divertidas. No sólo eso, también tienes un don para la escritura. Tus historias enganchan y eso es magnífico. Se te augura un excelente futuro como escritora.