Wednesday, September 26, 2007

Sacrificios por amor

 Ego filew logon. 

 Esa soy yo. Una amante de la palabra. Escrita, hablada, susurrada, garrapateada, cantada, tatuada, gemida, callada… Así pues hice frente con bravura a las contrariedades que el destino nos prepara a nosotros, aquellos que tras dos años siendo el grupo marginado de algún instituto (más aún los que son capaces de expresarse en griego, esa lengua que es la madre de nuestras ideas) acabamos allí donde acaban todos los humanistas. La antigua Fábrica de Tabaco de Sevilla. Tan hermosa, tan grande, tan barroca y tan laberíntica. Sí, ya soy oficialmente estudiante de primero de Filología Hispánica. Y espero serlo durante sólo cinco años más.

 Laberíntica. Esa es mi facultad. Tras desechar las ideas de ir dejando miguitas de pan a mi paso (no aprendes del cuento, me dijo alguien, debes dejar piedrecitas) fui conociendo los pasillos más interesantes, que acaban todos convergiendo en el patio de la fuente. A un lado la cafetería y la copistería. A otro mi salida para el bus. A otro los baños (no me pregunten cómo, pero el otro día acabé meando en el toilet para caballeros, al salir me lavaba las manos, entra un señor muy dispuesto y cuando veo que trajina con su bragueta salgo pitando y con las anos empapadas), al otro mi facultad. Ya nos explicó el profesor de Teoría de la Literatura que para llegar a su despacho se pasaba junto a una puertecilla… Y no, no sabía a dónde conducía. Es un edificio antiguo y como tal debe mantener algún que otro misterio.

 

 Además de misterios, la falta de lógica puede resultar apabullante. Me dicen que recoja varias fichas para entregar a profesores con mis datos. Las encontraré en la Delegación de Alumnos. Bien, cuando uno encuentra en un pasillo una escalera estrecha y retorcida con un cartel anunciando tal Delegación no se espera que al final de la escalera no haya simplemente nada. Una mesa con una caja. Y en la caja las fichas. Astucia arquitectónica. Sin duda.

 

 Y yo me sentía sola en la facultad… Lejos de mis paisanos, ya que soy la única tomareña que ha entrado en Filología (aunque me sé de algunos en Historia y Derecho). Pues no, porque uno nunca sabe cuando va a estar esperando tranquilamente al profesor de Alemán (con tanto viaje… Tendré que aprender algo. De momento sé conjugar el verbo llamarse o significar y otro que es venir o correrse; como sé ve, voy aprendiendo poco vocabulario, pero el justo y necesario) cuando aparece el padre de tu amigo dispuesto a licenciarse en Filología Inglesa y diciendo a los demás que, que él no es el profesor. El mundo, queda más que demostrado, es un pañuelo muy pequeño.

 

 Y así van pasando los primeros días. Con una bibliografía propuesta para la que necesitaría mucha suerte con la lotería y una amplia biblioteca (amueblada por Ikea, of course) en la que cupiese, tomando ya nota de las palabras de esos seres lejanos que hablan sobre su estrado sobre las maravillas de la lengua y literaturas hispánicas, con el peso en mi conciencia de las lecturas obligatorias de Literatura (Cantar del mío Cid, Romancero, Poesía cancioneril, La Celestina, El lazarillo de Tormes, El conde Lucanor, El libro de buen amor, Los milagros de Nuestra Señora y para qué seguir).

 

 Pero a Dios pongo por testigo que encontraré los despachos de los profesores cuando necesite una tutoría, que no me amedrenta ese maduro conocido con el que comparto la enseñanza en una lengua que después de todo no es tan ajena, que no me daré por vencida aunque me sienta incapaz de traducir a Tito Livio, añorando De Bellum Gallico, tan correctas y sencillas (hermosas en su sencillez tal vez, después de todo lo que clamé contra César y su afán imperialista a lo George W. Bush), que con calor, ventisca o lluvia me desplazaré hasta el Instituto de Idiomas en la lejana Reina Mercedes a cumplir con mis créditos de libre configuración.

 

 Que no temo a la palabra. ¿Lo olvidabais?

 

 Ego filew logon.

 

Posted by Julia G.C. at 18:01:26 | Permalink | No Comments »

Monday, September 17, 2007

En territorio comanche

 Los hados, que no siempre tienen a bien gratificarnos con buenos favores (y a mí menos que a nadie), se muestran especialmente juguetones cuando uno se haya en esa vulnerable situación que es la del viajero, perdido en un mundo que a veces tiene soporte en otro alfabeto, en el que en lugar de dos besos te dan la mano como el médico, en el que la gente no ata las bicis porque nadie tiene esa mala costumbre de hacerlas desaparecer. Sí, la ey de Murphy se hace especialmente grave en el extranjero, cuando nos sentimos en entorno ajeno, sin confianza para desenvolvernos ni pedir ayuda. He aquí tres memorables ejemplos de ello:

 La primera noche en casa de Kathi me acosté confortablemente en un colchón a los pies de la cama de mi amiga. El colchón estaba cubierto por un edredón doblado en forma de cuadrado, de modo que no podía taparme entera 8extraña costumbre alemana, pensé). Todo ello, unido al factor decisivo de que no uso almohada y sitúo mi cabeza por debajo de esta al dormir vino a dar que mis desnudas piernas se salían de los dominios del edredón con el consiguiente resultado efecto glaciar en mis pequeños pies. Como la fortuna nunca se ríe bastante de uno, había que añadirle a la situación un ventanal abierto a mis pies por el que entraba un frío más propio del Polo Norte que de Baviera. ¿La razón? La cama de Kathi, como todas las que son de agua, tiene calefacción, y la chiquilla se olvidó de mí, que dormía en el suelo helada cpomo inocente perrillo faldero. Mientras transcurrían las horas y los músculos de mis piernas me despertaban doloridos por tenerlas recogidas bajo el edredón, planeé cuidadosamente la próxima noche: En primer lugar, pensé, me pondría calcetines. Sin duda. Tampoco estaría de más desdoblar la mierda esta de edredón y ponerlo como Dios manda o como se pone en España, que es tapándote entero. Y ya de paso, un par de mantitas me harían un buen favor. Esos fueron mis pensamientos en la primera noche que pasé en Alemania, cuando no dormitaba y soñaba que comentaba con Janto el frío que hacía.

 Sábado. Pleno enero. Amsterdam. Leistenplein (zona de marcha). Kathi, María, Benne, Criss, Irene, María Luisa, Victoria… El mismo bar de la noche anterior. El mismo bar del que horas antes habíamos salido huyendo a toda pastilla tras atragantarnos con tres cuartos de nuestros cubatas por seis pavos y un dedo de ron porque Benne (aunque en otro bar había visto las bolas del techo venírsele encima, no importa, uno nunca debe dudar de la fidelidad de las afirmaciones de un buen amigo, por muy morado que esté) había asegurado que uno de los hombres de la barra llevaba una pipa encima. Pero acabamos volviendo. Y es que había buen ambiente en el bareto. Buen ambiente y un amsterdanés rubio que no paraba de echarnos el ojo. El caso, salimos a la hora precisa para regresar al hotel y hacer acto de presencia ante Juan Diego, Isabel Torres y Rosa Sogorb (tras el que volveríamos a salir para tropezarnos con ese ser cuasi mitológico noruego llamado Thor, pero esa es otra historia). El rubio sale y nos habla a la salida. Concretamente, se dirige a mí. You dance very sexy, me dice el nota. Cualquiera que me diga eso es que lleva algo más que alcohol en la sangre. La conversación no avanzó mucho, charlamos en inglés. Me dijo su nombre, que en el momento me pareció tan ridículo que no pude evitar reírme. I know what you´re looking for, and you will not get it from any of us. Que se entere. Why? tiene el valor de preguntarme. Y claro, quien me busca un sábado de madrugada… Siempre me encuentra: Cause you´re not good enough for any of us. So, bye bye. Nos vamos. Las chicas comentan la jugada. Algunas de ellas se retrasan. Un rato después para nuestra sorpresa vemos que nos sigue el rubio e cuestión con un amigo que apenas si se tiene en la bici del ciego. Nos paramos. Presiento que va a ser divertido. Se nos acerca, dejando algo apartado a su amigo, medio tumbado en una bici (parece difícil, pero se las apañó bastante bien). La bici me da una ideaza del momento. Un buen paseíto me vendrá bien. No dudo en pedirle la bici, toda amabilidad y sonrisas. Él mira interrogante a su colega, que se limita a contestar con un corte de manga desganado. Se encoge de hombros. Oh, come on, come on, please, please, I want to ride your bike, come on, please, oh! Digo insistente y pesada mientras le tiro de la manga, creando el justo contacto para decidir al chaval a tener una entrevista urgente con su compi. Conversan con las cabezas juntas y vuelve y me dice: Ok, but first you have to kiss my friend and me. WHAT??? Ey, do you think I am a bitch, do you think I am your mother, cause you´re very wrong, stupid guy. Resumiendo: Diversos insultos in English, hasta que él pronuncia las probablemente únicas palabras que conoce en mi lengua: Vete a la mierda. Ha despertado a a bestia. Yo cambio al español, donde me jmuevo con soltura, gritando en mitad de la noche que no va a venir él a insultarme en una lengua de la que no tiene ni puta idea, que es gilipollas y feo y que se vaya a chuparla. En vista del giro que ha tomado el asunto, él hace lo propio: Insultarme en holandés. Cada vez que yo, cansada de la discusi´´on incomprensible para ambos tomaba retirada él volvía a gritar algo acertadamente en inglés o español, a lo que yo reaccionaba corriendo hacia él y ya en plena locura, golpearle el brazo. El chaval, que después de todo no era tan tonto como parecía, aprovechaba para sujetarme e intentar besarme. El caso, se quedó con las ganas, of course, y nosotras apenas llegamos tarde a la quedad en recepción.

 Este es el último ejemplo de todos, y tal vez el más duro, pues tiene lugar en un medio que añadido a la condición de extranjería vuelve a la anécdota realmente aterradora (o no). Todo sucedió en el ferry entre Santorino y Mykonos, hermosas islas del mar Egeo. Sentóme junto a un ser un tanto andrógino y asiático. Creo que ese fue el inicio de todo. Tal vez si yo no me hubiese rallado echándole discretas miradas en busca de un signo que clarificase definitvamente su sexo, no hubiese acabado todo tan asquerosamente. El caso, entre mi investigación y el bamboleo del barquito, me fue entrando un mareo poco normal. Hasta llegar al punto en que pensé que un paseo al baño tal vez no estuviera del todo fuera de lugar. Bamboleándome al ritmo de las olas y escuchando de fondo las risas de mi también mareada hermana alcancé precariamente el baño. Sujetándome a toda cosa firme para no derrumbarme, esperé con fuerzas a la purta de un retrete, que al abrirse dio paso a una asiática (de claro sexo femenino; y por si aú había dudas, usaba el baño de señoras). Entré y a la vista de lo que mi predecesora había dejado en el váter, la naturaleza no tuvo impedimentos en seguir su curso natural, y parte de mi interior acabó volcado dolorosamente en el lecho acuático y sucio del retrete. A todo esto, que estoy yo a lo mío cuando un fuerte golpe intenta abrir la puerta, sin pestillo. Yo, acuciada por mis necesidades fisiológicas del momento y a la vez por el deseo de intimidad en tan delicado percance, vomitaba y empujaba con fuerza la puerta, que al final cedió al invasor, que no resultó ser, como yo suponía, otra china potona, sino un encargado de la compañía, que me r´ñó por ir a potar al váter y sacudió ante mis narices una bolsa de papel (un poco tarde, pero bueno). El hombre, un poco histérico, la verdad (claro, estaría estresado riñendo a tanto potón), hasta quería impedir que me enjuagase la boca en el lavabo, pensando que ya volvía a las andadas. El caso, en los ferrys griegos hay que convertir el potar en humillación pública, aciéndolo en tu asiento, aguantando las miradas asqueadas en derredor y vertiendo tu estómago en una bolsa de papel con el logotipo de la compañía… Y así actué yo un par de veces, ya en otro asiento, hasta quedar dormida junto a una pareja gay de San Francisco con la que conversaría al despertar. Pero no sufráis por mí, el mareó se me pasó, y todo mereció la pena, pues Mykonos es una isla bellísima.

 No hay nada que hacer con estas cosas. Hacer frente al destino con valentía según vayan saliendo las situaciones difíciles, es lo que hago yo. Que tengan un buen día.

Posted by Julia G.C. at 13:31:31 | Permalink | Comments (1) »

Sunday, September 16, 2007

Turistas versus viajeros

 Hace tiempo que no me pasaba por aquí. ¿La razón? Durante el curso, estudios. Durante el verano, las llamadas “locuras de juventud”. De hecho, a este ritmo voy a dar un cursillo. Razón aquí.

 Regresé ayer del Freestat de Bayern, Baviera, la tierra de la cerveza y el baile sobre el banco. Sí, señores, como lo prometido es deuda y yo siempre cumplo mi palabra, el día 4 de septiembre me onté en un avión y fui a caer en Parsdorf, un pueblecito granjero a las afueras de Múnich. Concretamente a la casa de Kathi (bueno, a la parte que he visto de ella, para explorarla entera se necesita más intrepidez que la que yo puedo tener). Por supuesto, la visita ha sido todo un intercambio cultural y a mi partida el pequeño Leon de dos años decía ¡hola! alegremente cada vez que me veía. He dejado mi huella.

 Y una vez más (nunca la última) he debido despedirme de esa chica a la que los hados han situado geográficamente tan lejos y tan cerca sentimentalmente (qué moñas), Kathi. El que desde luego me despediría con gusto fue su padre, un gigante de dos metros que se ha asado diez días montándome en su Audi con una botellita de agua cuando el tiempo no permitía la recogida de la patata y llevándome de excursión: Campo de concentración de Dachau, Salzburgo, Chemsse, minas de sal, castillos de Luis II. Desde luego, el hombre, con un claro complejo de guía turístico, se lo ha currado. Más todavía si tenemos en cuenta que la conversación entre nosotros no acababa de fluir, porque mi alemán era del nivel del gato, y su inglés no acababa de ser muy avanzado. Pero bueno, ya dicen que un gesto vale más que mil palabras, y si no ahí estaba Kathi, la mejor traductora simultánea, para transferir al padre mis preguntas absurdas (¿hay osos en Baviera? ¿No? ¿Por qué? ¿Y qué animales hay aquí? ¿Qué extensión tiene ese lago? ¿Y qué profundidad? ¿Esos son los Alpes? ¿Y cuánto miden estas montañas?).

 El verano anterior me pasé todo una semana en Grecia discutiendo con mi hermana las diferencias entre turista y viajero… Pues bien, yo acabo de sacarme el título en viajerismo. Y es que cuando te encuentras con un traje bávaro rosa y blanco con su correspondiente delantal blanco anudado a la izquierda para indicar soltería, acompañado de unos tacones topolino Mustang (qué remedio, me dejé los zapatos bávaros en casa, y los de Kathi me venían grandes) y una chupa de cuero en la calle para el frío, bailando esa canción alemana que dice: “Mil noches nos hemos tocado, mil noches y no ha pasado nada… Mil noches y una” (entiéndase que a la noche número mil uno la pareja se percató de que la cuestión había trascendido del folleteo al amor). Bueno, pues en ese momento, cantando la canción )inventñandote la fonética alemana), aplaudiendo a rabiar al grito de “¡Viva el Estado de Baviera!” se da uno cuenta de que ha pasado de turista, ese serque según origen y destino o está rojo y suda o está tiritando y con el pantalón del pijama bajo los vaqueros, con una cámara al cuello y un plano del metro en la mano a ese otro, el viajero, que se desliza por la vida con, digamos, no menos dificultad pero sí más elegancia, más soltura y naturalidad. Que a veces puede confundirse con el paisaje. Que no compra un oso vestido de bávaro que canta tirolés cuando le aprietas la barriga.

 Cosas de la vida. Momentos mágicos. Un gran viaje. Sigo echñándote de menos, Kathi. Y, Madeleine, no lo olvido, tú y yo aún no hemos saldado cuentas, espero una cama en Hannover, la ciudad del acento alemán puro.  

Posted by Julia G.C. at 20:15:35 | Permalink | Comments (2)