Sunday, March 11, 2007

El día en que crecimos

 Os preguntaréis cómo me va en la vida. Pues os adelantaré que a partir de hoy formo parte de este gran universo de pringados al que me negaba a entrar, es decir, los trabajadores. Pero todo a su tiempo.

 ¿Recordáis que el 28 vi una peli tranquilita con mis amigos en casita? Pues justo en finde, cuando planeaba una salida de esas que se recordará (a trozos, claro) toda la vida, me puse enferma el viernes 2 de marzo. Ya notaba yo la garganta, la calentura febril poseyendo mi frente, cierta debilidad… Pero me negué a aceptarlo, ay, necia de mí, y por la noche fui al Jardín Botánico. Es muy fácil salarse para entrar, pero no tanto para salir cuando te has llevado un par de hoas jugando a “yo nunca”. ¿Que qué clase de juego es este? Pues uno muy censurable, qué esperabais. Se precisa una botella o un par de ellas de un alcohol de baja graduación (comprado en contra de mi voluntad, chica dura y amante de la colonia que el Mercadona vende como Vodkay que tantas veces ha pasado mi garganta en ambos sentido), como ron miel o lo que compramos esa noche, un licor de menta que a la primera sabía genial, pero a la enésima… No veas. Bueno, pues por turnos se van haciendo declaraciones (indispensable que sean verdaderas) del tipo “yo nunca me he dejado una cámara digital por ahí”. Pues a Julia le toca beber un tranque. Y así. La noche avanza a su ritmo.

 El sábado me moría. La enfermedad fue trepando por mi organismo, tomando mis tejidos, asaltando mis defensas por sopresa, sitiando mis pulmones, cortando mis municiones. El caso, resfriada perdida. Y aún así (resistente cual mi padre, el hombre que declaró que él se cura como las bestias, él solo sin medicinas ni nada, mientras potaba en París) tuve fuerzas para hacerle una visita a Charlie, aprovechando que su madre había salido. Unabreve pausa: Yo no es que tenga nada en contra de su madre, pero cuando me ha echado de su casa una vez por mandar a Charlie a estudiar (si no va a estudiar conmigo ni sin mí… al final la jodida soy yo que había estudiado antes para salir y de repente me veía en la calle como perra abandonada) y otra porque, no enconrando ningún asiento en la casa, nos sentamos inocentemente en la cama. Pues resulta, señores, que las patas son de madera y eso estaba a punto de romperse. El caso, nos fuimos antes de que le explotase la vena del cuello. Y hay que recordar el día que me caí por las escaleras: Bajaba yo medio a oscuras y, pendsando que ya había llegado, di un gracioso saltido que debía encontrar un final estable y seguro en unos segundos. Pues no, craso error, pensé en el aire, cuando el tiempo se paró para que me diese cuenta de lo que iba a acontecer. Me golpeé en todas las esquinas de mi cuerpo y los moratones me acompañaron unas semanas. Obviamente, grité. Pues nada, al grito, la madre se pensó que yo agonizaba y bajó rauda a preguntarme obsesivamente por el estado de mi tobillo (que, curiosamente, estaba perfecto). Calro, es que la mujer se torció el tobillo en las escaleras una vez. Se pensó que la historia se repetía. Joder , me lío más que Apuleyo en El asno de oro (una broma muy pedante, lo siento, no lo he podido evitar). Iba por la visita a Charlie. Pues eso, cuando regresé a mi casa no sentía ya ni la cabeza ni el suelo bajo mis pies y tras pasar una velada un tanto triste viendo “La princesa prometida” en Antena3 con mi hermana (que se apartaba prudentemente de mí, temerosa del contagio, y me atiborraba a pastillas) me fui a dormir viviendo ya un cálido y febril sueño.

 Al día siguiente, mi propia lucha física y las pastillas de mi hermana empezaron a dar sus frutos, que desembocaron en un estado perfecto para ir a clase el lunes… Qué tino. Pero el domingo fue para festejar el cumpleaños de mi abuelito Antonio, comiendo tarta hasta reventar y viendo en Telecinco esa babosada cursi y con pretensiones, “Otoño en Nueva York”, con Winona Ryder y Richard Gere. Tras esta familiar tarde, mi hermana y yo tuvimos a bien acercarnos (bueno, nos acercó la mamma en coche) a la Sala Imperdible para ver “Réquiem 21 k626″. Qué espectáculo. Fue bellísimo, os recomiendo a todos que si tenéis la oportunidad de ver esta obra de danza de poco más de media hora (¡pero qué media hora!) la aprovechéis, merec la pena. Rompe normas, clama al mundo, y los efectos del montaje.. No se puede describir, hay que ir y admirarlo, hay que ir y sentirlo, llorarlo, reírlo, abrazarlo.

 Y ahora vuelvo al inicio. Porque hoy, señores, decidí crecer, decidí entrar en un mundo que no es el mío (¿quién era el que decía que los escritores eran como bebés que juegan aislados de la vida que corres ventanas afuera? Lo leí una vez en el Babelia, tal mundo es el que yo busco). Ayer me comentó Criss que iba a Nervión a recoger lo necesario por un trabajo. La compañé a la calle Francisco Javier, edificio Sevilla 2 y un par de minutos después de haber entrado en la oficina ya me estaban dando un tocho de folletos para repartir. Sí, azafata de promoción. Esa soy yo, hoy me he pasado cinco horas vestida de flamenca en la puerta de un quiosco de la calle Baños sonriéndole a los tíos que me dejaban explicarles la promoción sólo para decirme por algún lado que era muy guapa o algo así. ¿Qué les pasa a los sevillanos? En cuando ven a auna giana les dan anas de coronarla como emperatirs o algo… ¿Y a las viejas? Venga a hablar y a hablar… En fin, las cinco horas más largas de mi vida, fue peor que una Clase de Lengua de cinco horas.  Todo sea por algún dinero… ¡Que me pienso gastar en Francia, ya que me han dado la ayuda de Idioma y Juventud de la Junta y voy a pasar en el país del vino y los franceses dos semanas!

  Ya sólo decir que el pueblo de Umbrete reflexionó seriamente y acabó publicando ese articulito mío en la revista: Middlesex, Jeffrey Eugenides. Una apuesta ganada. Me parece que cada vez escribo más. Tengo mucho que comunicar al mundo (léase todo lo anterior, prueba de mis profundas reflexionbes diarias). Veo un brillo metálico que refleja la luz a lo lejos… ¿Es un tornillo? Es el día 21 de junio.  

Posted by Julia G.C. at 20:24:59
Comments

3 Responses to “El día en que crecimos”

  1. Farloh says:

    Que amena es la reflexión sobre la vieja del Xarli, jeje. Me acuerdo perfectamente de cuando te caístes por las escaleras, estabamos Javi y yo arriba donde el ordenador. Derrepente te oímos gritar (fue un grito desgarrador, pero supimos que no era nada grave) y a la vieja del Xarli bajando las escaleras para ver y preguntar tu estado. Obviamente, Javi y yo nos moríamos de la risa, siempre dentro de la lógica preocupación por tu estado. Besos y saludos.

  2. ángela, la de pueblo says:

    me declaro una auténtica fan de este blog y exijo que sus actualizaciones se produzcan más a menudo.

    pd. me ha dado mucha alegría saber que se sigue jugando al terrible “yo nunca”.

  3. Julia says:

    Los clásicos nunca pasan de largo.

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