Metalurgia pa´l cuerpo
Las cosas no se planean siempre, o no salen según los planes previstos. Ayer, un dulce viernes como otro cualquiera, salí al Atenea con la inocente intención de acompañar a Nonnie a Sevilla para que se repasase el último tatu, y comprarme yo un par de diademas en HyM (¡como las de Kathi!). Pero los dioses deben divertirse mucho obstaculizando mis metas a corto plazo, porque de repente, Charlie y Luis iban a hacerse un piercing en el glande o algo así. Tardé un poco en enterarme de que eso era una broma, que lo querían en la oreja, así que por las buenas decidí hacerme otro yo también.
El caso, voy a mi casa a por dinero (bueno, a por el dinero de mi santa madre y a por su correspondiente permiso, yo no vuelvo con un pendiente donde sea sin su autorización, que es capaz de arrancármelo, y me considero muy sensible al dolor) y todos para Sevilla (Nonnie, Ugía, Charlie, Javi, Luis y yo). Eso sí, Luis recordó que tenía un examen y se fue a hacerlo brillantemente (o al menos eso espero yo).
Una vez en la tienda (seguro que la conocéis, está al lado de Plaza de Armas, no es por hacer publicidad, pero es Sesentainueve Tattoo and piercing, www.sesentainueve.com), el Ugía y Javi se apalancan, y Carmen es saludad con efusividad (a este paso, le van a hacer un pase VIP). Charlie y yo le explicamos nuestros deseos (insensatos deseos) a la chica, que llama a mi madre para asegurarse del tema y nos hace rellenar unos papeles en los que uno aseguro unas treinta veces que ni es hemofílico ni tuberculoso ni histérico en tratamiento. Llega el chico aregntino de los tatus, y Carmen pasa a su arreglo. Charlie y yo debemos esperar, hasta que otro hombre pregunta que quién va primero. Obviamente, yo, sino me escaparé. Me siento en la camilla, con la tranquilidad de sentir a Carmen tras el biombo, charlando con el argentino de dulce acento. Procuro no mirar los instrumentos, que me parecen los de un torturados de la Inquisición, y parloteo con el hombre, que es muy simpático. Me dibuja el punto en la oreja y yo lo miro nerviosa en el espejo, fijándome más en el reflejo de Carmen que en el de mi artílago, que no sabe lo que se le viene encima. Asiento velozmente, me siento de nuevo, dolor dolor dolor y todo ha pasado. Me pone la bolita en la mini barra de acero que ahora atraviesa la parte alta de mi orejita izquierda. Salgo a la sala de nuevo y me siento. Todo ha terminado. De hecho, el dolor es mínimo.
Minutos más tarde ( a mí me pareció estar en ese cuartito horas, y me doy cuenta de que han sido unos instantes) sale Charlie con el suyo en ese cartílago cuyo nombre desconozco que se encuentra junto a la cabeza, en el centro de la oreja (él ya tiene el que yo me acabo de hacer) y con lágrimas en los ojos. Nos consolamos mutuamente, ¡pobrecitos nosotros!, descansamos de la traumática experiencia un ratito y, tras recibir las concernientes explicaciones sobre el lavado, a la calle.
No veas cómo pica, colega. Mi oreja debe estar a mil grados, a pear de este viento frío que me alivia un poco el dolor ardiente (bueno, que tampoco es para tanto).
Han pasado algo menos de veinticuatro horas, y voy descubriendo lo que va a ser el primer mes con esto, dolor al lavarlo (por la mañana y por la noche, lo que significa que voy a llegar tarde a clase hasta que deje de lavármelo, se siente), ya no toco mi oreja y procuro llevar el pelo recogido 8esta noche voy de disco… Pues coleta a lo Moschino), duermo sobre la oreja derecha y hablo por teléfono también por la diestra. Esto, dolor y un hoyo que atraviesa uno de mis cartílagos con un palo de acero es lo que he conseguido. Os pondría una foto, pero ya sabéis lo de mis cámaras… Bueno, cuando mi oreja abandone este ligero sonrosado que la hace parecer tímida o pecadora (o las dos cosas a la vez… ¿ué habrá escuchado sin que yo me entere?) lo mismo os obsequio con una fotillo.
Y sin embargo, lo miro en el espejo y me gusta tanto…